Excursión - bosque de los hongos azules.

¿Alguna vez has visto un hongo azul en la vida real? Ahora imagina no solo encontrarlo, sino entender por qué está ahí, qué papel cumple en el ecosistema y, con el acompañamiento adecuado, incluso probarlo. Eso fue lo que vivimos en esta expedición: un día donde la ciencia, el conocimiento local y la conexión con la naturaleza se entrelazan para enseñarte que el bosque no se recorre… se aprende a mirar, y una vez que lo haces, ya no vuelves a verlo igual.

Hay viajes que empiezan cuando subes a la camioneta, otros cuando llegas al destino y algunos, los más bonitos, comienzan justo en el momento en que el bosque te obliga a bajar el ritmo. Nuestra expedición al Bosque de los Hongos Azules, en Morelos, fue de esas experiencias en las que el cuerpo entiende antes que la mente que no vamos a “conquistar” ningún lugar, sino a pedir permiso con los pasos, a observar con calma y a dejarnos sorprender por todo aquello que normalmente pasa desapercibido.

Desde el inicio, la intención fue clara: caminar, aprender, convivir con la comunidad local y recordar que los hongos no son simples adornitos del suelo, sino organismos fundamentales para la vida del bosque. En esta salida nos acompañaron personas curiosas, con ganas de aprender y, sobre todo, dispuestas a mirar la naturaleza desde otro lugar: no como escenario para tomarse fotos, sino como un territorio vivo lleno de relaciones, historias y saberes.

Morelos, un territorio donde la cultura crece con la lluvia

 
 

EL RECORRIDO: HONGOS, CIENCIA Y SABERES LOCALES CAMINANDO JUNTOS.

Una vez iniciado el recorrido, el bosque empezó a hacer lo suyo: hojas húmedas, troncos cubiertos de vida, texturas extrañas, olores a tierra mojada y hongos apareciendo como pequeñas señales de que bajo nuestros pies sucede muchísimo más de lo que imaginamos. Durante la caminata fuimos observando distintas formas, colores y estructuras, mientras conversábamos sobre el papel ecológico de los hongos, su relación con los árboles, la descomposición de la materia orgánica y las redes de vida que sostienen al bosque.

El famoso hongo azul, conocido científicamente como Lactarius indigo, es una especie comestible muy apreciada en distintas regiones de México; de hecho, el Instituto de Biología de la UNAM registra su importancia cultural y menciona que en comunidades nahuas de Morelos recibe el nombre de Matlalitztle, asociado a su coloración azul. (Hongos de México) Esto vuelve la experiencia todavía más poderosa, porque no se trata solo de encontrar un hongo “bonito” o fotogénico, sino de entender que detrás de él hay historia, lengua, cocina, observación y una relación profunda entre comunidad y bosque.

EL RIO: UNA PAUSA PARA ESCUCHAR LO QUE NORMALMENTE IGNORAMOS

 

Uno de los puntos más hermosos del recorrido fue la llegada al río, ese tipo de lugar donde el grupo naturalmente baja la voz, aunque nadie lo pida. El agua tenía esa capacidad de ordenar el ambiente, de recordarnos que la vida en el bosque no ocurre de forma aislada, sino como una conversación constante entre humedad, suelo, plantas, hongos, animales y personas.

Ahí hicimos una pausa para descansar, observar y simplemente estar. A veces creemos que una expedición tiene que llenarse de datos para ser valiosa, pero también hay aprendizajes que llegan cuando te sientas junto al agua, cuando escuchas el movimiento del río, cuando notas una hoja caer o cuando entiendes que la calma también es una forma de conocimiento. En ese momento, más que buscar respuestas, nos dejamos acompañar por el paisaje.

Como si el bosque hubiera querido ponerse dramático (pero en el mejor sentido posible), durante la experiencia también tuvimos un encuentro inolvidable con una Abronia, ese tipo de aparición que hace que todas las personas del grupo entren en modo documental de naturaleza sin ponerse de acuerdo. La vimos ahí, hermosa, tranquila, como si hubiera decidido regalarnos unos segundos de asombro para recordarnos que el bosque no solo se expresa a través de hongos, sino también a través de reptiles, aves, insectos, plantas, musgos y todos esos seres que sostienen la vida sin pedir protagonismo.

La especie registrada en la reseña de la expedición fue Abronia deppii, conocida como dragoncito del Eje Neovolcánico, un reptil del grupo de los ánguidos; EncicloVida, plataforma vinculada a CONABIO, la registra precisamente bajo ese nombre común y científico. Además, se trata de una especie endémica de México, por lo que observarla en su hábitat fue un privilegio enorme y también una responsabilidad: no se manipula, no se extrae, no se molesta, solo se observa con respeto y se agradece el encuentro.

Después de esa visita inesperada, el picnic junto al río se sintió todavía más especial, porque ya no estábamos solamente comiendo en un lugar bonito, sino compartiendo alimento en un espacio que acababa de recordarnos, de forma muy directa, por qué vale tanto la pena cuidar estos territorios.

LA COMIDA DEL LUGAR

Al terminar el recorrido, volvimos a encontrarnos con uno de los momentos más importantes de cualquier experiencia biocultural: la comida preparada en el lugar. Y es que comer ahí, después de caminar, observar hongos, escuchar al río y convivir con la comunidad, hizo que todo tomara sentido de una forma muy sencilla pero muy profunda.

La comida no fue solo el cierre de la actividad, sino una continuación del aprendizaje. Por eso, sentarnos a comer en comunidad fue también una forma de entender que la cultura no siempre se explica en una charla; a veces se sirve en un plato, se comparte en una mesa y se recuerda en el cuerpo.

LO QUE NOS LLEVAMOS DEL BOSQUE DE LOS HONGOS AZULES

 

Al final, esta expedición no se trató únicamente de encontrar hongos azules, aunque claro que verlos fue una emoción enorme, sino de vivir un día completo de conexión: con el cuerpo a través del Tai Chi, con la comunidad a través del desayuno y la comida, con la ciencia a través de la observación, con la cultura a través de los saberes locales y con la biodiversidad a través de encuentros tan inesperados como el de la Abronia.

Nos fuimos con fotos, aprendizajes, nuevas amistades y esa sensación bonita de haber compartido algo que no se puede fabricar en masa. También nos fuimos con una certeza: el bosque no necesita que lleguemos a salvarlo desde afuera, necesita que aprendamos a relacionarnos mejor con él, que apoyemos a las comunidades que lo cuidan, que caminemos sin dejar huella y que entendamos que cada salida al monte puede ser una oportunidad para regenerar nuestra forma de estar en el mundo.

Como siempre decimos en AlMonte Hike, lo único que nos llevamos de la naturaleza son nuestros residuos, pero también nos llevamos algo más difícil de guardar en una mochila: la memoria de un bosque vivo, la gratitud por quienes lo habitan y las ganas de seguir caminando con más respeto, más curiosidad y más amor por todo lo que nos rodea.

A veces el bosque no te muestra lo que buscas, sino lo que necesitas volver a mirar con asombro.

Nos fuimos del bosque con hongos azules en la memoria, tierra en los zapatos y la certeza de que caminar también puede ser una forma de volver a pertenecer.

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Rancho Ajolotequio, Hgo.