UNA EXPERIENCIA QUE COMBINA CIENCIA, CULTURA Y TRADICIÓN
En Rancho ajolotequio compartimos saberes, temazcal, compañía y conexión con la tierra.
un jaguey, ajolotes y muchas preguntas
Nuestra aventura comenzó cerca de Singuilucan, Hidalgo, con una caminata corta hacia un lugar que, a simple vista, podría parecer solamente un depósito de agua construido por la comunidad. Sin embargo, como suele pasar cuando observamos la naturaleza con un poquito más de atención, aquel jaguey guardaba una sorpresa bastante más interesante: ¡estaba habitado por ajolotes!
El cuerpo de agua fue creado para almacenar agua y atender las necesidades de las personas que viven en la zona, pero con el tiempo también se convirtió en el hogar de estos anfibios. La naturaleza básicamente dijo: Qué bonito jaguey, con permiso, aquí voy a poner unos “monstruos de agua” acuáticos.
Los observamos desde la orilla, porque el jaguey era bastante profundo y los ajolotes se encontraban completamente fuera de nuestro alcance. Quiero aclarar que tampoco teníamos ninguna intención de capturarlos o manipularlos, pues una observación responsable de fauna silvestre consiste precisamente en reconocer que debemos mantener nuestra distancia y permitir que los animales continúen con su vida sin convertirlos en protagonistas involuntarios de una sesión fotográfica.
Algo que llamó muchísimo nuestra atención fueron sus branquias externas, enormes, frondosas y muy vistosas. Su apariencia era compatible con animales aparentemente saludables y con buenas condiciones para respirar dentro del agua, aunque el tamaño de las branquias, por sí solo, no permite certificar la calidad del jaguey; para conocerla realmente sería necesario analizar parámetros como oxígeno disuelto, temperatura, pH, nutrientes, contaminantes y presencia de microorganismos.
Hasta ahora no hemos identificado formalmente la especie, y justo ahí comienza la parte más emocionante del asunto. Por sus características, podría tratarse de una población perteneciente a una especie con neotenia o pedomorfosis facultativa, es decir, salamandras capaces de conservar características acuáticas juveniles, como las branquias, al alcanzar la madurez, aunque algunos individuos también podrían completar la metamorfosis y adoptar una forma terrestre. Este fenómeno se encuentra documentado en distintas salamandras y puede estar relacionado con las condiciones ambientales de cada población.
Por protección de la población NO revelaremos abiertamente la ubicación pero si hay aqui algún investigador leyendo nuestro artículo con ganas de estudiar, entender y sobre todo conservar firmemente la población, estamos super abiertos a colaborar con la información, lo que si es que corroboraremos el perfil de las personas interesadas, estoy segura que si han trabajado en la conservación de especies entenderán el motivo.
No podemos confirmar todavía que los ejemplares observados fueran adultos, que se reproduzcan dentro del jaguey ni que pertenezcan a una población pedomórfica. Para saberlo harían falta monitoreos, fotografías diagnósticas, mediciones, permisos y trabajo especializado. Sin embargo, el hallazgo abre preguntas muy interesantes y, si algún día logra documentarse formalmente, podría aportar uno de los primeros registros científicos de este tipo para la zona.
Después de llenarnos la cabeza de preguntas —porque así empiezan muchas investigaciones bonitas— regresamos con la comunidad para comer tamales. La ciencia con el estómago vacío no fluye igual y, además, pocas cosas dicen “hoy va a ser un gran día” como comenzar una expedición observando ajolotes y desayunando tamales calientes.
12 km… pero en bajada, si … eso sonaba sencillo
Con el desayuno resuelto, iniciamos un recorrido de aproximadamente 12 kilómetros con pendiente negativa, es decir, una ruta principalmente de bajada. En papel sonaba como un paseo amable… pero en la práctica se convirtió en una aventura llena de emoción, risas y uno que otro desafío digno de recordar.
Para hacerlo todavía más interesante, el cielo decidió sumarse al plan y nos regaló una buena lluvia. Así que impermeables puestos, botas listas y mucha actitud: el bosque se transformó en un escenario vibrante, con aromas intensos, colores más vivos y ese sonido constante de gotas acompañando cada paso. Claro, también implicó caminar con cuidado para no resbalar en el lodo, lo que convirtió cada tramo en una especie de juego de equilibrio colectivo bastante entretenido.
Nuestro guía local fue don Jesús, quien conoce los caminos, los cambios del bosque y los lugares donde los hongos suelen aparecer durante la temporada de lluvias. Caminar con alguien de la comunidad transforma por completo una ruta, porque no solo seguimos un sendero, también conocemos historias, nombres, formas de orientarse y maneras de interpretar el territorio que no aparecen en las aplicaciones de excursionismo.
A lo largo del trayecto encontramos una enorme diversidad de setas escondidas entre la hojarasca, creciendo sobre madera en descomposición o apareciendo junto a las raíces de los árboles. Algunas eran diminutas, otras tenían colores impresionantes y varias lograron que el grupo avanzara más o menos así: cinco pasos, una foto; otros cinco pasos, otra seta; tres pasos más y nuevamente todo el mundo agachado observando el suelo.
Don Jesús nos ayudó a reconocer algunas de las especies comestibles que tradicionalmente se aprovechan en la región y colectamos únicamente una cantidad moderada para preparar la cena. Esta parte fue muy importante porque salir a buscar hongos no significa arrancar todo lo que encontramos. Una colecta responsable requiere conocimiento local, identificación cuidadosa y criterio para dejar suficientes cuerpos fructíferos en el bosque, además de evitar por completo el consumo de ejemplares sobre los que exista cualquier duda.
En el mundo de los hongos no funciona aquello de “se parece mucho al de la foto de internet”. Cuando se trata de comer setas silvestres, parecerse no es suficiente y la confianza excesiva puede salir bastante cara.
Una pequeña cata de pulque y una sopa que rindió todo el camino
Antes de llegar al rancho hicimos una parada para catar pulque, porque después de caminar varios kilómetros entre hongos el itinerario claramente necesitaba una degustación con contexto biocultural.
El pulque no apareció solamente como una bebida para refrescarnos, sino como parte de una historia vinculada al maguey, al trabajo de las comunidades y a los conocimientos necesarios para obtener, fermentar y conservar el aguamiel. Probarlo en el territorio donde todavía forma parte de la vida cotidiana fue otra manera de acercarnos a la cultura local desde los sentidos y no únicamente desde una explicación.
Después continuamos hasta el rancho Ajolotequio ahi nuestro colega y amigo Gabo nos abrió amablemente las puertas de un lugar INCREÍBLE que justo busca su papel de hacerse uno con este mundo natural ahi fue donde montamos nuestras casas de campaña mientras todavía quedaba luz. Algunas personas lograron instalarse con eficiencia militar y otras protagonizamos ese momento universal del campismo en el que una varilla parece sobrar, luego falta, después vuelve a sobrar y finalmente decidimos que la tienda “seguramente así va”, colocar la lona para prevenir las inundaciones con lluvia fue una misión y finalmente durante la noche no llovió aunque si nos mostró lo que la colectividad puede hacer en menos de una hora jaja.
Cuando el campamento estuvo listo, preparamos una sopa con las setas silvestres que habíamos colectado durante el recorrido y otras setas previamente cultivadas por Dul. El resultado fue una fogata con cena caliente, abundante y llena de significado, porque en el mismo plato se encontraron el conocimiento de don Jesús, la generosidad del bosque, la producción responsable de hongos y el trabajo compartido por todo el grupo.
Después de caminar 12 kilómetros, cualquier sopa caliente sabe deliciosa, pero aquella sabía también a lluvia, bosque y misión cumplida.
El rencuentro de “lo exterior” con lo interior
A la mañana siguiente, Monte dirigió una práctica de Tai Chi para despertar el cuerpo después de la caminata. Entre el aire frío, los movimientos lentos y algunas piernas preguntándose por qué todavía debían cooperar, comenzamos el día respirando con calma y prestando atención a nuestro cuerpo.
Esta práctica no fue un adorno dentro del itinerario, sino una forma de recordar que una expedición también puede incluir momentos para detenernos, escuchar y reconocer cómo nos sentimos. No todo tiene que consistir en caminar más rápido, llegar más lejos o acumular kilómetros; a veces la experiencia más importante comienza cuando dejamos de competir con el sendero.
Después instalamos nuestro puesto de ciencia con microscopios, guías de identificación y equipo de disección. Ahí observamos estructuras de los hongos que resultan imposibles de apreciar a simple vista, comparamos ejemplares y hablamos sobre sus formas de reproducción, sus tejidos y las características que se utilizan para identificarlos.
Fue uno de esos momentos en los que la ciencia deja de sentirse como algo lejano o reservado para los laboratorios, porque de pronto todas las personas están reunidas alrededor de un microscopio diciendo: “¡A ver, déjame ver!”, como si estuviéramos presenciando el chisme más importante del bosque.
Más tarde participamos en un temazcal guiado por la comunidad, donde el calor, la oscuridad, las plantas, el vapor y la palabra compartida nos llevaron a una experiencia completamente distinta. El temazcal, cuyo nombre proviene del náhuatl temazcalli (casa de vapor), tiene raíces profundas en las culturas mesoamericanas y ha sido utilizado durante siglos como un espacio de purificación física, emocional y espiritual. Tradicionalmente se asocia con el renacimiento simbólico: entrar es como regresar al vientre de la tierra y salir implica una especie de nuevo comienzo.
Más allá de lo simbólico, también tiene beneficios interesantes para la salud. El calor intenso favorece la sudoración, lo que ayuda a eliminar toxinas y a limpiar la piel; el vapor puede contribuir a abrir las vías respiratorias; y el proceso completo suele generar una profunda relajación muscular y mental. Algunas personas incluso reportan mejoras en la circulación y una sensación general de bienestar después de la sesión. Eso sí, como toda práctica intensa, requiere guía adecuada y escuchar al cuerpo en todo momento para no convertir la experiencia en una competencia de resistencia innecesaria.
Cada persona atravesó el temazcal desde su propio proceso, con sus silencios, resistencias y descubrimientos.
Comida prehispánica y una forma distinta de regresar a casa
La expedición concluyó compartiendo platillos inspirados en la comida prehispánica, preparados por la comunidad, junto con pulques de sabores locales. Después de dos días de caminar, observar, cocinar, aprender y sudar colectivamente dentro del temazcal, sentarnos a la mesa se sintió como la manera más natural de cerrar la experiencia.
Cada alimento nos permitió reconocer que la biodiversidad no existe separada de la cultura. Los hongos, el maguey, el maíz, las plantas y el agua forman parte de ecosistemas, pero también de recetas, celebraciones, trabajos, recuerdos y conocimientos que las comunidades han construido y compartido durante generaciones.
Por eso esta aventura no consistió únicamente en observar ajolotes, recorrer 12 kilómetros o dormir en una casa de campaña. Fue una oportunidad para conocer un jagüey que accidentalmente se convirtió en refugio de una población misteriosa, caminar junto a un guía local, recolectar con responsabilidad, acercarnos a los hongos mediante la ciencia y compartir alimentos preparados por las personas que habitan el territorio.
Regresamos con más preguntas que respuestas sobre aquellos ajolotes, pero eso también es parte de aprender a mirar la naturaleza: no necesitamos ponerle inmediatamente un nombre a todo para reconocer su valor. A veces lo más responsable es observar, documentar, admitir lo que todavía no sabemos y permitir que la curiosidad nos impulse a investigar sin poner en riesgo aquello que deseamos conocer.

