Hongosto en hidalgo
Todo empezó con hongos, terminó con quesadillas y, en medio, el bosque decidió brillar.
Festival del hongo en mineral del chico
Nuestra expedición comenzó el 16 de agosto de 2025 camino a Rocabosque, dentro de la comunidad de La Presa, en Mineral del Chico, sede del Primer Festival Internacional del Hongo. Desde que llegamos supimos que aquello no sería una feria cualquiera: entre el aroma de los guisos, las canastas llenas de formas y colores extraños, las familias recorriendo los puestos y el bosque rodeándolo todo, parecía que el reino fungi había organizado su propia fiesta y, por fortuna, estábamos en la lista de invitados.
El festival reunió recorridos de observación, ponencias, experiencias gastronómicas, talleres, música y venta de productos artesanales, todo dentro de un espacio en el que la ciencia convivía con los conocimientos tradicionales y la cocina local. La programación incluyó la participación de Arif Towns, quien habló sobre micoturismo y el proyecto Simbiosis; de la cocinera tradicional Alicia Tenería; y del chef internacional David Jahnke, quien compartió el valor gastronómico y los usos culinarios de los hongos comestibles.
Durante el recorrido micológico nos acompañaron Danael, del proyecto Depende de la Seta, y Francisca Quiroz, recolectora tradicional de los bosques de Hidalgo. Con ellas fuimos descubriendo que caminar durante Hongosto funciona más o menos así: avanzas tres metros, alguien encuentra una seta, todo el grupo se agacha, comienzan las preguntas, aparecen las cámaras y, 15 minutos después, recuerdas que se suponía que ibas hacia algún lado.
Encontramos especies comestibles, otras tóxicas, algunas diminutas y varias tan extravagantes que parecían diseñadas por alguien que claramente se divirtió demasiado eligiendo formas y colores, que maravillosa es la evolución. Más que aprender una lista de nombres, comenzamos a comprender que reconocer hongos implica observar el sustrato donde crecen, sus estructuras, aromas, texturas y relaciones con el bosque, además de escuchar a las personas que han aprendido a distinguirlos durante generaciones.
El festival no solo se recorrió con botas y canastas, también se vivió con pinceles, cucharas y microscopios. Participamos en un taller de acuarela dedicado a las setas, donde cada persona pudo detenerse a observar sus formas con mucha más calma, porque intentar pintar un hongo te obliga a descubrir detalles que normalmente ignorarías: pequeñas escamas, cambios de color, pliegues, texturas y sombreros que definitivamente no son “cafecitos y redondos”, como a veces los imaginamos.
También conocimos diferentes recetas preparadas con hongos silvestres, desde guisos tradicionales hasta propuestas creadas por chefs invitados. David Jahnke nos permitió probar platillos elaborados con setas comestibles, mientras que otros participantes compartieron distintas formas de entender la cocina fúngica, no como una moda reciente, sino como parte de una cultura alimentaria que conecta la biodiversidad del bosque con la memoria de las comunidades.
Por nuestra parte, montamos el Puesto de Ciencia de AlMonte Hike, equipado con microscopios, lupas y guías de identificación. Niñas, niños y personas adultas pudieron observar esporas, láminas y tejidos que a simple vista permanecen ocultos, comprobando que cada seta visible es apenas una pequeña parte de una historia mucho más grande.
Aquello se convirtió rápidamente en el chisme más importante del festival: una persona se acercaba a mirar, llamaba a otra y, en cuestión de minutos, teníamos a medio grupo reunido frente al microscopio preguntando: “¿Eso de verdad estaba dentro del hongo?”. También compartimos el día con las personas del proyecto Simbiosis, creando una de esas redes que se parecen mucho al micelio: proyectos distintos que se encuentran, intercambian conocimientos y descubren que pueden crecer mejor cuando colaboran.
Tres cañadas y la noche en que el bosque cambió de color
Cuando concluyó el festival dejamos Mineral del Chico y nos dirigimos hacia la comunidad de Tres Cañadas, en Omitlán de Juárez. Ahí montamos el campamento, organizamos el equipo y esperamos a que cayera la noche, porque la siguiente parte de la aventura solo podía comenzar cuando el bosque se empezara a quedar completamente oscuro.
Guiados por Francis, conocedora local de las especies fúngicas, entramos al sendero con lámparas y luces ultravioletas. Caminar de noche transforma cualquier lugar conocido: los sonidos parecen acercarse, la humedad se siente con mayor intensidad y cada hoja que se mueve consigue que alguien pregunte con mucha serenidad fingida: “¿Qué fue eso?”.
¡¡¡Entonces ocurrió la magia!!!
Al iluminar algunos hongos con luz negra, estructuras que parecían discretas bajo la luz blanca comenzaron a mostrar tonos verdes y azulados. Técnicamente, cuando un organismo absorbe radiación ultravioleta y la devuelve como luz visible hablamos de fluorescencia, no necesariamente de bioluminiscencia, pues esta última implica que el propio organismo produzca luz mediante una reacción química. Sin embargo, para quienes estábamos ahí, rodeados por el bosque y observando pequeños destellos entre la hojarasca, aquello se sentía como haber descubierto un universo secreto.
No fue necesario hacer demasiado ruido. Bastaron las miradas cómplices, las fotografías tomadas con cuidado y ese silencio que aparece cuando algo consigue sorprender a todo un grupo al mismo tiempo. El bosque había estado ahí durante horas, pero la noche nos permitió conocer otra de sus versiones: una en la que la oscuridad no ocultaba la vida, sino que revelaba detalles imposibles de mirar durante el día.
Después regresamos al campamento con la sensación de haber atravesado una especie de portal fúngico. Dormimos entre árboles, humedad y sonidos nocturnos, mientras las imágenes de aquellos hongos seguían apareciendo cada vez que cerrábamos los ojos.
Tai chi, colecta responsable y cocina con francis
A la mañana siguiente, Monte dirigió una práctica de Tai Chi en medio del bosque. Después de dormir en casa de campaña y caminar durante la noche, movernos lentamente, respirar y escuchar el cuerpo fue justo lo que necesitábamos, aunque algunas piernas parecían no haber recibido el memorándum y seguían preguntándose por qué la expedición todavía no terminaba.
La práctica nos ayudó a comenzar el día con atención, sin prisa y reconociendo que una experiencia en la naturaleza no tiene que medirse únicamente por los kilómetros recorridos. A veces detenerse también forma parte del camino, especialmente cuando el canto de las aves, el aire frío y el movimiento de los árboles hacen un mejor trabajo que cualquier alarma de celular.
Después retomamos el bosque, ahora con la luz del día, para realizar una colecta guiada de setas comestibles. Francis nos enseñó a reconocer las especies que tradicionalmente se consumen en la región, pero también a observar aquellas que pueden confundirse entre sí y que jamás deberían llegar a la canasta sin una identificación segura. Recolectar hongos silvestres no consiste en levantar todo lo que aparece en el camino; requiere conocimiento, experiencia, moderación y respeto por los ciclos del bosque.
Una vez terminada la colecta, Francis nos enseñó a limpiarlos y prepararlos. Ese momento permitió reunir dos formas de conocimiento que nunca debieron considerarse enemigas: la observación científica y el saber tradicional. Las guías, los microscopios y la taxonomía nos daban una parte de la historia, mientras que la experiencia de quien ha caminado el bosque desde la infancia nos mostraba cómo esos organismos forman parte de la alimentación, la economía y la identidad de la comunidad.
Así, los hongos dejaron de ser únicamente ejemplares que fotografiar o identificar y se convirtieron en ingredientes compartidos alrededor de la mesa. Porque sí, aprender abre el apetito, pero caminar por el bosque mientras alguien te describe las distintas maneras de cocinar cada especie lo abre todavía más.
La visita al pueblo con sabor
Antes de regresar a casa hicimos una última parada en Omitlán de Juárez, reconocido oficialmente como Pueblo con Sabor, un distintivo que celebra la gastronomía como parte de la identidad y del patrimonio de las comunidades hidalguenses. Rodeado por una de las zonas más verdes del estado, Omitlán conserva una relación muy cercana con sus bosques, sus productos locales y las recetas que han acompañado a sus habitantes durante generaciones.
Recorrimos sus calles y cerramos la expedición como debía hacerse después de un fin de semana dedicado al reino fungi: comiendo quesadillas de setas recién preparadas. Cada bocado resumía una parte del viaje, porque ahí estaban el bosque, la temporada de lluvias, el conocimiento de las recolectoras, el trabajo de la comunidad y una tradición gastronómica que ha logrado convertir la diversidad fúngica en memoria y sabor.
Regresamos a casa cansados, felices y con la cabeza llena de historias. Habíamos comenzado en un festival donde los hongos fueron ciencia, arte y cocina; caminamos por un bosque nocturno que cambió de color bajo la luz ultravioleta; dormimos entre árboles, practicamos Tai Chi, colectamos con responsabilidad y aprendimos a preparar lo que el territorio nos permitió conocer.
Pero lo mejor de esta historia es que no terminó en 2025…

